El general Manso y su benéfica protección sobre la villa de Mora de Ebro (1822)

Un altre personatge important en la vida dels morencs va ser el general manso, el qual té un carrer honorífic a la nostra vila, en aquest escrit d’Artur Cot al programa de Festa Major de 1964 en treiem una mica l’entrellat…

Entre la vieja toponimia de las callejas que constituyen el dédalo de la antigua Mora de Ebro, una nos llama la atención por su rotulación; una más con sustrato medieval y título decimonono: la calle del general Manso. ¿Quién era este general? ¿Por qué mereció este honor público, permanente y colectivo por parte de la villa?.

Tras largas y ardorosas deliberaciones el 19 de marzo de 1812 se instauró en Cádiz la Constitución, era esta de tipo liberal y afrancesado. 4 de mayor de 1814 el monarca la anuló. 1 de enero de 1820, Riego en Cabezas de San Juan y Quiroga en Alcalá de los Gazures la entronizan de nuevo, inaugurando el célebre trienio liberal. Así restañábamos las heridas que el Corso infligió a España; así perdimos las colonias de América.

Contra el sistema liberal imperante se sublevó en 1882 la ciudad de la Seo de Urgell, que fue el principal foco del absolutismo o realismo en tierras catalanas; otros pueblos se levantaron en el mismo sentido, Mora de Ebro fue el primero en tierras del sur. En aquella sublevación acaudilló a los morenses D. José Antonio Montagut y Doménech, oficial retirado, que durante la guerra de la Independencia había prestado sus servicios en el regimiento de Almería con gran pericia y coraje.

Mora de Ebro se adhirió a los sublevados el 14 de julio de 1822; formó su junta de defensa el 5 de agosto y el 20 del mismo mes la Regencia de Urgell declaró a la población plaza de armas, nombrando gobernador militar de la misma a D. Mariano Batlle, y alcalde mayor a D. Dionisio Mare, abogado de los reales consejos. Centro de operaciones políticas y militares, empezó Mora de Ebro a extender su influencia por Aragón y Valencia, escribiendo un autor coetáneo con relación a aquella influencia: “Hasta en Cuenca fueron algunos sujetos a fin de sacar la competente autorización para levantar partidas”. En el mes de septiembre acudieron a Mora de Ebro los generales Cisneros y D. Carlos Ulman. El P. Aragonés escribía con toda razón: “Mora fue el apoyo de la causa del Rey y de la Religión; Mora debe contarse en la clase de los pueblos heroicos…”

Creció rápidamente la importancia del movimiento que la villa engendraba en su seno y aumentaba a ojos vista su trascendencia castrense, en tales circunstancias empezó la fortificación del pueblo, J. M. y R. en “Memorias para la Historia de la última Guerra Civil de España” (1826) t. II, pag. 5, describe las obras de “Circuida la villa por tapias regulares, preparada con parapetos en las puertas y puesta al abrigo de un baluarte construido en el calvario, y defendida por el fuerte en que fue convertido el convento de P.P. Recoletos que está situado a corta distancia de la misma, daba a los realistas, una justa esperanza de que allí se estrellaría el poder colosal revolucionario si tuviese la imprudencia de acercarse para conquistarla. La artillería la llevaron de Mequinenza y consistía en un cañón de a 16 y dos de a 4. un competente guarnición aseguraba la plaza -5.400 infantes y 350 caballos-; faltaba plomo para hacer las balas, más el patriotismo de la junta sugirió la idea de poner en el castillo fábrica de lo uno y de lo otro, que puesta en planta con oportunidad proveyó de municiones en abundancia”.

Debemos señalar que al construirse el baluarte del calvario se destruyó la ermita allí construida entre 1756 y 57 por la piedad de la villa y la munificencia de D. Leopoldo Pedret del Mas, familiar del Santo Oficio, dicha ermita estaba dedicada al Stmo. Nombre de Jesús y dio nombre al vecino arrabal.

Los testimonios contemporáneos son un índice de la importancia que tubo Mora de Ebro en aquellas circunstancias. El numeroso ejército que en ellas se había organizado salió de la villa el día de Navidad de 1822; el 7 de enero atacó la ciudad de Zaragoza, dirigiéndose a continuación a Calatayud y Guadalajara, venciendo a los liberales en Brihuega, conquistando posteriormente la plaza de Segorbe y el 19 de marzo la ciudad de Sagunto. Movidas las potencias extranjeras por el ejemplo de aquella brillante hueste militar que en Mora se había gestado y que tan marcialmente llegara a las cercanías de Madrid, enviaron al poco tiempo los “Cien mil hijos de San Luís” que en romántica aventura hija de la “Santa Alianza” devolvería de nuevo la bamboleante Constitución.

Poco menos que abandona por aquella numerosa guarnición que apretujadamente había albergado, lógico es suponer la suerte que esperaba Mora de Ebro. Una columna procedente de Valencia al mando de D. José Cautelar y otra procedente de Cataluña mandada por D. José Manso, sumando en total unos 6.000 hombres, llegaron a la población el mismo día que salían de ella los realistas. Había sonado para Mora de Ebro el eterno “Vae Vinctis” o el trágico “Dependa est Cartago”.

J. B. Ciurana (militar liberal –nativo- y testigo presencial de los hechos) escribe: “Memorias” fol. 41 y 42. “Una de las compañías de migueletes entró en la villa por la parte del calvario y el brigadier Manso pasó el río para avistarse con el Sr. Castelar y dar sus disposiciones. Ocuparon algunas tropas el pueblo y cometieron algunos excesos. Mi casa no se libró del furor. Destruyeron a hachazos la puerta de la calle, hicieron muchos agujeros en las paredes buscando algún escondrijo, rompieron cofres, se llevaron varios libros y mapas buenos, y robaron el grano que encontraron. Otras casas sufrieron la misma suerte”.

La pequeña guarnición fortificada en el convento de los franciscanos se rindió el día 29 gracias a las insinuaciones y parlamentos del general Manso; aquel triunfo de la retórica y la dialéctica sobre el fragor de las armas, fue muy admirado, mereciendo toda clase de loanzas y plácemes y un bello capítulo de la “Historia de Cataluña” de Víctor Balaguer.

La bondad, afabilidad y dulce carácter del general Manso, tan elogiada por sus propios enemigos políticos en las obras contemporáneas, fue inmensamente benéfica para Mora de Ebro, que no esperaba en aquellos tristes momentos de desolación y de tragedia más que la venganza y el exterminio. Gracias a Manso se aminoraron los desmanes y los robos, los incendios y las destrucciones, se salvaron las hermosas casas solariegas de Montagut y de Brú, en la última de las cuales se alojó durante su estancia en la población, y finalmente respetó la vida de los soldados vencidos, a quienes más tarde concedió la libertad.

Calmados los espíritus y vivísima en la memoria de los moradores de la población la gigantesca figura, toda bondad y generosidad del singular militar, la población le dedicó una de sus calles, hoy quizá mezquina, pero un siglo atrás emporio de comercio y una de las pocas que se libró del gran incendio que asoló a Mora de Ebro en septiembre de 1837, año en que los azorados morenses recordarían con más razón la bondad del insigne soldado.

Evocando aquellos años de aflicción y las interminables décadas de lucha, los morenses de nuestra generación debemos dar gracias al Omnipotente por el don de la Paz, sí, por los veinticinco años de Paz, Paz que en período tan extenso y prolongado de tiempo no habíamos conocido desde el siglo XVIII. Que la Historia“Maestra de la Vida” nos dé esta interesante y magistral lección.

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